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Escena 1
La mañana floja
El sol ya entraba por la ventana de Tiago, calentito y dorado. Afuera cantaban los pájaros. Tiago estaba en pijama, hundido en la cama, con la manta hasta la nariz. Hoy tocaba karate… y él no quería ni mover un dedo.
«Cinco minutos más», pensó, y cerró los ojos otra vez.
—Tiago —llamó su papá desde la puerta, con una sonrisa—. Vamos, campeón. Hoy entrenamos.
Tiago hizo un ruido largo, como un dragón dormido. Suspiró. Se estiró. Se quedó mirando el techo un segundo más.
—¿Y si hoy descanso? —murmuró—. Tengo mucha flojera.
Papá no se enojó. Se sentó en la orilla de la cama y habló bajito, como si contara un secreto.
—Los campeones también tienen flojera —dijo papá—. Y aun así se levantan. Solo cuesta el primer paso.
Tiago se rió un poquito. Respiró hondo. Se sentó en la cama. Puso los pies en el suelo fresquito. Se puso de pie. Se puso los calcetines, luego los zapatos. Cada cosa costaba… pero la hacía.
Y juntos salieron de casa, hacia la sala de karate. El aire de la mañana le dio en la cara. La flojera seguía ahí, un poquito… pero Tiago ya estaba caminando.