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Escena 2
El dojo
En el dojo, la sala de kárate, la luz entraba por las ventanas grandes y olía a madera limpia. Tiago se puso su traje blanco y se ató su cinturón blanco, bien apretado. A su lado estaba Marco, su mejor amigo, alto y delgado, con su cinturón naranja.
—Casi no vengo —le susurró Tiago—. Tenía flojera.
—A mí también me pasa —dijo Marco, y los dos se rieron bajito.
Al otro lado, Sofía, su compañera de clase, se ajustó su cinturón amarillo y respiró hondo.
El maestro Fabio, con traje blanco y cinturón negro, se quedó detrás de ellos, mirándolos. Tenía el bigote fino y los ojos tranquilos. No gritaba nunca. No le hacía falta.
—Cierren los ojos y respiren —dijo—. Uno… dos… tres. Bien. La fuerza viene cuando estás calmado.
Tiago dio golpes rectos: uno, dos, uno, dos, hasta que le brillaron las mejillas de sudor. Marco lanzó sus puñetazos de lado y Sofía bajó en su postura firme, contando los pasos en voz bajita. Nadie se reía de nadie: todos practicaban.
Una vez, Tiago se cansó y bajó los brazos. El maestro Fabio solo respiró hondo, despacio. Tiago respiró igual… y volvió a levantar los puños.
—Eso es, Tiago —dijo el maestro—. No te rindas cuando cuesta. Eso también es karate.
Juntos siguieron. Al final de la clase, Tiago ya no tenía flojera: salió contento, con su traje blanco y su cinturón blanco.