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Escena 3
El sol desaparece
La clase de karate casi terminaba. Tiago, con su cinturón blanco, salía del dojo detrás de Marco, que llevaba su cinturón naranja. Sofía, con el amarillo, se reía bajito. El maestro Fabio, de cinturón negro, los seguía hasta la puerta, tranquilo como siempre.
Afuera el sol todavía calentaba. Los techos naranja del pueblo brillaban. Los pájaros cantaban. Todo parecía un día normal.
Y de pronto… se apagó.
No fue despacio. Fue de un golpe. La luz dorada se fue hacia la montaña grande del pueblo, como si algo, allá adentro, se la hubiera tragado. El cielo se puso gris, casi negro. Los techos naranja se volvieron fríos. Las sombras se comieron la calle.
—¿Qué pasó? —susurró Marco.
Sofía miró hacia arriba con los ojos muy abiertos. Tiago sintió un frío en la panza. El corazón le latía fuerte, fuerte, fuerte.
Desde la montaña llegó un sonido largo… profundo… como un gruñido enorme que hacía temblar el pecho. Nadie sabía qué era.
El maestro Fabio miró la cima. Su voz no tembló, pero sonó grave:
—Hay una leyenda vieja —dijo—. Que en esa montaña vivía un dragón… y que un día podría despertar.
Nadie se rió. Nadie corrió. Solo hubo silencio… y un pueblo sin sol.
Tiago apretó su cinturón blanco con las dos manos. Tenía miedo. Pero no soltó el cinturón.